El debate sobre la eficacia del Nutri-Score, el sistema de etiquetado frontal de alimentos que promete orientar al consumidor hacia elecciones más saludables mediante letras y colores, acaba de recibir un golpe significativo desde el ámbito científico. Un estudio reciente de la Universidad de Granada (UGR) demuestra que este sistema no solo simplifica en exceso, sino que puede desinformar al público general, especialmente cuando se aplica a alimentos complejos como el cacao soluble. Este hallazgo no es menor: pone en cuestión la validez de un sistema cuya implantación se discute en el seno de la Unión Europea como herramienta oficial de salud pública.
La investigación granadina, pionera a nivel internacional en aplicar técnicas de metabolómica no dirigida para evaluar cómo los sistemas de etiquetado se corresponden con la composición química real de los alimentos, ha analizado 54 productos de 19 marcas diferentes con calificaciones Nutri-Score que oscilaban entre ‘A’ y ‘D’. Su conclusión es contundente: no existe correspondencia clara entre la categoría Nutri-Score y la composición nutricional real de los productos, especialmente cuando se trata de compuestos bioactivos beneficiosos presentes en el cacao verdadero.
La metabolómica, una disciplina capaz de identificar miles de moléculas dentro de un alimento, revela que los compuestos que realmente importan desde el punto de vista fisiológico, como flavonoides, péptidos bioactivos o antioxidantes, pasan totalmente desapercibidos en el algoritmo de Nutri-Score. Como explica Celia Rodríguez, una de las investigadoras responsables del estudio y profesora del Departamento de Nutrición y Bromatología, este trabajo “demuestra que el sistema Nutri-Score no capta la complejidad de alimentos ricos en compuestos bioactivos, como el cacao. Es por ello que concluyen que el NutriScore puede llevar a interpretaciones erróneas por parte del consumidor.
Esta afirmación es alarmante en su sencillez, pero profunda en sus implicaciones: un producto con un perfil nutricional genuinamente superior debido a su riqueza en compuestos bioactivos puede terminar con una calificación baja (‘C’ o ‘D’), mientras que otras versiones del mismo producto, incluso con numerosos aditivos y sustitutivos de azúcar, obtienen una ‘A’. Es decir, la mejor nota posible. El sistema penaliza, por tanto, la complejidad nutritiva en favor de métricas simplistas basadas únicamente en azúcares, grasas saturadas, sal y calorías.
El estudio de la Universidad de Granada pone el foco en un problema de fondo: el algoritmo de Nutri-Score opera sobre una visión reducida y obsoleta de la nutrición, dejando fuera dimensiones que la ciencia contemporánea ya considera relevantes para la salud humana. No se trata de un detalle técnico, sino de una distorsión con consecuencias reales, ya que este sistema condiciona decisiones cotidianas de compra y consumo en un contexto donde una letra o un color se interpretan como una verdad objetiva, cuando en realidad responden a una simplificación extrema y arbitraria de la realidad nutricional.
Más allá de ejemplos puntuales o debates mediáticos previos, el trabajo de la UGR aporta una evidencia clara de que el problema no es coyuntural, sino estructural. Al analizar la composición real del cacao soluble mediante técnicas de metabolómica, el estudio demuestra que la calidad nutricional no puede reducirse a un balance de macronutrientes, ni a una suma mecánica de valores “positivos” y “negativos”. La riqueza bioquímica del alimento, su perfil de compuestos bioactivos, antioxidantes o moléculas con efectos fisiológicos complejos, queda completamente fuera del marco de evaluación de Nutri-Score. El resultado es un sistema que clasifica, pero no comprende; ordena, pero no explica; etiqueta, pero no informa.
Detrás de esta crítica hay una cuestión de fondo que va más allá de Nutri-Score: ¿es legítimo reducir la calidad nutricional de un alimento a un código visual simplificado? La respuesta es rotundamente negativa. Transformar alimentos complejos en un semáforo de cinco colores no solo empobrece el debate nutricional, sino que impone una jerarquía artificial que no se corresponde con la realidad científica. No existe contexto en el que una calificación global sea una herramienta válida para evaluar alimentos, porque la nutrición no funciona por puntuaciones ni por comparaciones rápidas, sino por comprensión, contexto y conocimiento.
Algunos defensores de Nutri-Score argumentan que su propósito es simplificar para ayudar al consumidor a tomar decisiones más saludables sin necesidad de un conocimiento técnico en nutrición. Pero simplificar no debe equivaler a ocultar información relevante o dar una sensación de seguridad falsa. Un sistema que no reconoce ni valora atributos nutricionales fundamentales no puede presentarse como una herramienta legítima de orientación alimentaria. Mucho menos como una herramienta de salúd pública.
El problema no es solo de Nutri-Score, sino de cómo sociedades enteras enfrentan la comunicación de la ciencia nutricional al público general. La proliferación de etiquetas, sellos y advertencias ha generado una especie de alfabetización nutricional superficial donde una letra verde se sobreinterpreta como garantía absoluta de calidad, y una roja como una sentencia indiscutible de mala calidad. El estudio de la UGR nos recuerda que la nutrición no es un semáforo, sino un campo complejo en el que la calidad de un alimento depende de múltiples dimensiones bioquímicas y fisiológicas.
A la luz de estos resultados, el problema no es cómo perfeccionar Nutri-Score, ni cómo hacerlo más sofisticado, sino la propia lógica de los sistemas de etiquetado nutricional simplificados. Convertir alimentos complejos en códigos visuales pretende sustituir el pensamiento crítico por una señalización rápida y tranquilizadora que delega la responsabilidad de comprender la alimentación en un algoritmo opaco. Ningún sistema de letras, colores o puntuaciones puede capturar la complejidad nutricional real ni reemplazar la educación alimentaria y el conocimiento contextual. La evidencia científica refuerza una conclusión incómoda pero necesaria: el etiquetado frontal no informa, sino que simplifica en exceso y, en muchos casos, desinforma. En definitiva, el estudio de la Universidad de Granada no es una simple llamada de atención, sino una confirmación científica a un problema de fondo.

